Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de inteligencia se hacía en referencia principalmente a las capacidades intelectuales y habilidades cognitivas de las personas. Capacidades que tenemos para razonar, analizar, planificar, entre otras.
Podemos conocer personas que son extraordinarias en sus cualidades cognitivas y de ejecución y, sin embargo, fallan en sus relaciones con las personas y en el conocimiento y la gestión de sus propias emociones.
La gestión de la inteligencia emocional impulsa tanto el bienestar personal e individual, como el desempeño profesional y relaciones interpersonales. Esta posibilidad real de fortalecimiento agregado de habilidades está tomando mayor entusiasmo cada día.
Por otro lado, es evidente que la competencia es feroz; la estructura de las organizaciones está cambiando. La definición de los roles está siendo cuestionada. Las viejas maneras de hacer las cosas ya no dan resultados. Más que nunca se requiere una fuerza laboral comprometida y dispuesta a aprender y manejar el cambio en los niveles de la organización. Se necesitan individuos capaces de manejar la turbulencia actual, que tenga la flexibilidad, resiliencia y fortaleza de definir un futuro prometedor. Ese es el reto del ejercicio de inteligencia emocional en los líderes y managers de hoy.



